[Fic] Michelle - Capítulo 2 (Spanish)
Par Amber, mardi 29 août 2006 à 08:25 :: [Fanfictions] :: #271 :: rss
Titre: Michelle; capítulo 2
Auteur: Amber
Rating: PG-13
Disclaimers: Editorial Dupuis
Notes: Segundo capítulo de esta historia (que estoy publicando de manera paralela en fanfiction.net, para quien le interese ^^ ---> link directo: http://www.fanfiction.net/s/3127641/1/) De noveau, pas traduction, desolée! ^^UUU Je le ferai un de ces jours, promis.
Yo estaba paralizado por el miedo. Ahí, delante de mis narices, acababan de cargarse a Michelle. Y todo sin que pudiera hacer nada.
Aún seguía inmóvil cuando alguien bajó del coche. Un tipo que vestía con un traje negro y sombrero calado hasta los ojos y gafas de sol; típico look del matón de un mafioso.
El hombre de negro se acercó al cuerpo inerte de Michelle y rebuscó en su abrigo. Entonces, como si una extraña rabia se apoderara de mí, reaccioné y corrí a detenerle.
- ¡¡Eh!! ¡¡Eh, alto!! – grité.
El tipo, sorprendido por mi presencia, se llevó la mano a la chaqueta y sacó un revólver, con claras intenciones de dispararme. Alguien le gritó desde el coche que me dejara en paz, que ya tenían lo que buscaba y él, tras dudarlo un instante, le hizo caso y corrió a meterse en el coche con el sobre en las manos. Me tiré en plancha, pensando que podría agarrarle por las piernas y derribarle.
Pero fallé por centímetros y mi cara acabó estampándose en un charco. Para cuando pude volver a levantarme, la limo desaparecía calle abajo. Les maldije, frustrado por mi torpeza.
Sin embargo, toda mi rabia se disipó cuando de pronto oí un gemido a mis espaldas, seguido de unas toses. Al girarme, el supuesto cadáver de Michelle se convulsionó, en un intento por moverse.
- ¡Michelle! – rápidamente me acerqué a ella, la giré y la cogí por los hombros, tratando de incorporarla - ¡Michelle! ¿Os encontráis bien? ¡Esos salvajes…!
- Lo… - su frase quedó momentáneamente interrumpida por un acceso de tos – Lo siento…
- Espere, no hable ahora… - la tranquilicé, mientras rebuscaba en los bolsillos de mi gabardina el móvil – Voy a llamar a una ambulancia, se pondrá bien… ¡Maldita sea, dónde me he dejado ese jodido móvil…!
- Lo siento… - repitió agarrándose a mi camisa, mirándome fijamente a través de la maraña de su pelo desordenado y mojado – Por mi culpa… no podrá hacer su reportaje…
Me quedé sin habla, sorprendido por aquella disculpa. Ella me dedicó una última sonrisa antes de desmayarse en mis brazos.
- ¡Ah! ¡Michelle! ¡¡Michelle!! – la agité tratando de hacerla volver en sí, pero fue inútil, no reaccionaba. Nervioso, registré frenéticamente su abrigo en busca de su móvil. Lo encontré en un bolsillo interior y marqué con dedos temblorosos el número de emergencias.
- ¿Oiga? ¡Necesito una ambulancia! – expliqué atropelladamente - ¡Tengo un herido de bala estoy en… euh… - miré furtivamente a mi alrededor, pero no encontré ningún cartel que me indicase el nombre de aquella callejuela – en una calle estrecha cerca de la calle Arbatétriers, estoy junto a una cabina de teléfono… ¡¡Joder, dénse prisa!!
***
Una hora después yo estaba en la sala de espera del hospital François Rabelais(*), entre enfermos a la espera de que una cama quedara libre para ellos y los angustiados familiares de los ya ingresados que aguardaban noticias de su congénere hospitalizado, todo ello mezclado con un cócktel oloroso de limipasuelos barato y desinfectante. Un olor que a mí en particular me resultaba familiar: sabe Dios la de fracturas antiguas que cargan mis piernas y del número de cicatrices hábilmente ocultas tras mi cada vez más escasa pelambrera. Eso sin contar con los golpes y moratones…
Y yo ¿qué hacía ahí sin lesiones, esperando en aquella sala cuyo olor evocaba en mí recuerdos tan desagradables?, me preguntaba sin parar. No estaba muy seguro de que debía estar allí… pero por otra parte, no podía marcharme sin saber antes qué había sido de Michelle.
- ¡Oiga, por favor! ¿Sabe si han ingresado aquí a un hombre alto, rubio y con seis pelos sueltos en la cabeza? Se llama Fantasio…
- ¿Spirou? – alcé la vista para confirmar lo que mis oídos habían reconocido como la voz de mi mejor amigo.
- ¡Fantasio! – se acercó hacia mí y me cogió por los hombros - ¡Tu mensaje me había preocupado, me he pateado media ciudad para encontrarte! ¿Te encuentras bien? ¿Es que te acaban de dar el alta o…?
Huelga decir que el mensaje que le había enviado a Spirou por el móvil para informarle de mi paradero había sido más bien escueto: “Stoy n l hospital, no t preocups, Fanta‿ Claro que con las prisas, ni le había dicho en qué hospital estaba concretamente ni le había aclarado que no estaba allí en calidad de paciente.
- Tranquilo, amigo, estoy bien… - le calmé – No es a mí a quien han tenido que ingresar esta noche…
- Entonces… es por esa tal Michelle ¿verdad? – preguntó, y yo asentí en respuesta - ¿Qué ha pasado?
- Verás… es un poco difícil de explicar…
- ¿Familiares de Michel Dèscartiers? – llamó de pronto un médico antes de que pudiera empezar a explicarme.
- ¿Michel? – Spirou me miró confundido - ¿pero no era…?
- Soy yo. – respondí al médico, dejando a mi amigo a media frase – Bueno… no soy exactamente un familiar – aclaré – pero yo fui quien avisó a la ambulancia… ¿cómo está?
- Estable dentro de su estado, que no es poco. – me respondió mientras echaba un vistazo al historial que tenía llevaba consigo – El Sr. Dèscartiers entró en quirófano con medio pulmón derecho inutilizado a causa de la hemorragia. Tratamos de salvarlo después de extraer la bala…
- ¡¿Bala?! – a mi lado, Spirou no paraba de mirarnos alternativamente al doctor y a mí, cada vez más confundido.
- … pero lamentablemente al final no tuvimos más remedio que extirpar el pulmón afectado. No se preocupe – añadió el médico con una sonrisa beatífica – Una persona sana como él puede vivir perfectamente con un solo pulmón, basta con que se cuide un poco más y deje… euh… ciertos malos hábitos ¡Ha tenido bastante suerte!
- Doctor... ¿Puedo… puedo verle? – pregunté tímidamente aunque imaginaba, dadas las circunstancias, cuál iba a ser la contestación.
- Es mejor que descanse esta noche. – respondió – Y usted también… me da la impresión de que lo necesita de verdad. – sonrió palmeándome el hombro antes de marcharse a atender a otros pacientes.
Realmente el doctor tenía razón al decir que necesitaba un descanso con carácter de urgencia; las ojeras que vi en mi reflejo sobre el cristal que cubría la manguera antiincendios, alcanzaban ya cotas alarmantes y cuando con reticencia dejé que Spirou me llevara hasta el coche, sentí que me pesaba todo el cuerpo. Había sido una noche muy larga y con demasiadas emociones fuertes.
Nunca he estado muy seguro de si fue porque aún estaba asimilando lo que acaba de oír o por respeto a mi viejo cuerpo cansado, pero el caso es que Spirou ni dijo ni una palabra sobre el tema hasta que ya casi habíamos llegado a casa.
- Fantasio – me abordó aprovechando un semáforo en rojo – me parece que tengo derecho a saber qué es lo que ha pasado exactamente.
Tardé un buen rato en responder. Entre el cansancio y el sopor que me había producido el vaivén del coche, mi mente trabajaba bajo mínimos.
- Spirou, yo… - empecé, pero la cabeza me daba vueltas y desistí - … es demasiado largo de explicar, amigo y yo… estoy demasiado cansado…
Spirou asintió comprensivo y volvió a concentrarse en la conducción en cuanto el semáforo se puso en verde.
- Está bien. Pero prométeme que mañana me lo contarás todo ¿de acuerdo?
Asentí, medio dormido. Después sólo recuerdo que llegamos a casa, subí a mi habitación y me acosté. Paradójicamente, a pesar del agotamiento, no empecé a coinciliar el sueño hasta al cabo de una hora o dos.
***
- En resumen – concluyó Spirou a la mañana siguiente, cuando con la ayuda del café extracargado del desayuno le conté todo lo que me había pasado en los últimos días – que en mi ausencia te ligaste a un transexual…
- ¡¡Que no es un ligue!! – negué enérgicamente. Spirou rió, divertido por mi reacción.
- Lo sé, lo sé, perdona… - se disculpó intentando dejar de reírse – es que… es algo tan surrealista que…
- Sí, vale, ya sé lo que quieres decir… - le corté encendiendo mi pipa para calmarme – Ni yo me lo creería que si no lo hubiera vivido.
- ¿Y qué fue de la información que iba a proporcionarte para el reportaje? – preguntó a continuación, más serio.
- Supongo que estaría toda en el sobre que llevaba el día de la cita – medité – pero uno de esos tipos de negro se lo llevó. Fuera lo que fuera, sólo Michelle sabe ahora lo que contenía…
- Si se trataba de un caso de desfalco de dinero, lo lógico es que fueran las cuentas de la empresa o algo así – dedujo mi amigo.
- Es posible – respondí – Pero había algo más…
- ¿A qué te refieres?
- Cuando Michelle llamó a casa ayer por la noche – expliqué – dijo que ya tenía la información prometida… y añadió que también había encontrado algo que podía suponer un bombazo, o eso me dijo al menos…
- ¿Y crees que decía la verdad?
- Cualquier duda que tuviese al respecto se disipó anoche. Además, - añadí – antes de todo este lío, cuando Michelle llamó por primera vez a la oficina, algo me decía que podía valer la pena confiar en su palabra…
- ¿Intuición periodística? – inquirió Spirou con una media sonrisa.
- Elemental, mi querido Spirou – bromeé sonriendo a mi vez. Como ya he comentado antes, si había algo en lo que podía confiar casi al 100% era en mi olfato de periodista, olfato gracias al cual Spirou y yo habíamos realizado muy buenos reportajes, al tiempo que nos reportaban no menos problemas, todo hay que decirlo…
Sólo que en ésta ocasión, los problemas le habían llegado a una tercera persona, en forma de bala. Ése pensamiento me deprimió un poco.
Spirou debió notarlo, porque se levantó de la mesa, apurando su café, y me palmeó la espalda, en un intento por levantarme el ánimo.
- Ya pensaremos qué hacer más adelante, amigo mío – dijo – Por ahora, démonos prisa en terminar el desayuno, que a éste paso llegaremos tarde a la redacción. ¡Y no creo que los nervios de Prunelle aguanten el día sin nuestra presencia!
Mi amigo tenía más razón que un santo, ya que la mañana en el trabajo fue de todo menos tranquila: un repentino apagón (que creo tenía bastante que ver con ciertos bricolajes que estaba realizando Gastón en el cuarto de calderas en aquel mismo instante) se saldó con un balance de tres fotocopiadoras quemadas, todos los ordenadores de la sexta planta y parte de la quinta inutilizados y un contrato que el señor De Mesmaeker iba a firmar esa mañana, destruido a causa de que uno de los resultados de la “química divertida‿ de Gastón, había sido dejado de manera descuidada sobre el escritorio. Los nervios de Prunelle en efecto no aguantaron la mañana y los míos explotaron casi al mismo tiempo.
Lo único positivo fue que la vuelta a la rutina me hizo olvidar por un momento todo el asunto de ayer.
Michelle sólo volvió a mis pensamientos al acabar la jornada laboral, cuando Spirou, que iba al volante, se desvió de la ruta habitual.
- Euh… Spirou, no quisiera parecer impertinente, pero me parece que te has equivocado de camino… - le advertí al observar que íbamos en dirección contraria a nuestra casa.
- ¿Cómo? ¿Quieres decir que no es por aquí que se va al hospital François Rabelais? – inquirió burlón.
Sólo entonces me di cuenta de lo que mi amigo pretendía.
- ¿¿¿Eeeeeh??? ¡Pero espera! ¡¿No decías que pensaríamos en ello más adelante?!
- Ya hemos tenido toda la mañana para meditar. – dijo simplemente – Y ahora tocan hacer las averiguaciones. Además, no te preocupes, yo te acompañaré; tengo ganas de oír toda la historia por boca de nuestro intrépido transexual… ¡Esto promete ser emocionante yo necesito desintoxicarme de la rutina y de la visita a mi pueblo!
- ¡Tus ganas de emociones fuertes me importan un comino!! – casi grité, forcejeando con la puerta del coche para escapar, aunque de todos modos fue inútil, porque Spirou ya había echado el seguro - ¡No estoy preparado psicológicamente, sabes?!
- ¿Y ayer?
- ¿Ayer qué?
- Ayer casi le suplicaste al médico que te dejara verle… ¿Me estás diciendo que ayer estabas preparado psicológicamente y hoy no?
Touché.
- N-no exageres, tampoco es como si le suplicara… Yo-yo estaba preocupado y claro… – traté de justificarme, revolviéndome incómodo en el asiento. Él por su parte se limitó a reír por lo bajo, consciente de que me había pillado – A-además ¿qué se supone que debo decirle? ¿Con qué cara voy a mirarle?
- Con la misma cara que has tenido toda la vida ¡Sólo un cirujano plástico podría cambiarla! – bromeó – En cuanto a lo que deberías decirle – añadió frenando el coche, para luego mirarme serio, con una mano sobre mi hombro – eso es algo que debes averiguar por tu cuenta, amigo mío. Anda, baja – concluyó echando el freno de mano – que ya hemos llegado.
Salí del coche, obediente, sin poder evitar pensar que el viaje se me había hecho quizás un poco demasiado corto.
Por segunda vez consecutiva me encontré con los olores y el ambiente de la sala de espera del hospital, incluso habría jurado que parte de los pacientes en espera y los parientes sufridores que me había encontrado la noche anterior seguían allí. Spirou se dirigió directamente a recepción y preguntó por el paciente Michel Dèscartiers. Sin dejar de limarse las uñas, la secretaria respondió con un número: habitación 316
Cuando finalmente llegamos a la habitación de marras, mi amigo me invitó con un gesto a pasar el primero. Un poco dubitativo, fui a llamar a la puerta y de pronto ésta se me echó encima y choqué con una enfermera que salía en ese momento, llevando en sus manos restos de vendajes ensangrentados y una jofaina.
- Disculpe – musitó antes de seguir su camino. Había dejado la puerta medio abierta al salir y decidí aprovechar ése resquicio para asomarme y echar un vistazo al interior.
Finalmente la vi, mirando a través de la ventana que había al lado de su cama. Michelle, que sin su atuendo, su maquillaje y sus pendientes parecía más hombre que nunca, se percató de mi presencia y giró la cabeza hacia mí.
- ¡Sr. Fantasio, que sorpresa! – exclamó alegremente – Es usted la primera persona que me visita desde que estoy ingresada… ¡Pase, pase, no se quede ahí! – me invitó.
Accedí un poco cohibido. Intenté poner mi mejor cara y para romper el hielo le pregunté por su estado de salud.
- Bof… con un pulmón menos y aburrida a más no poder… - suspiró – Por si fuera poco ya han empezado las prohibiciones, y eso que aún no me han dado el alta. Para empezar, nada de fumar. ¡El único vicio que he tenido toda mi vida y van y me lo quitan! A propósito ¿no va a presentarme a su acompañante?
Oí un carraspeo a mis espaldas y recordé de pronto que Spirou había entrado conmigo.
- ¡Oh, es verdad! – dije a continuación procediendo a las presentaciones formales – Michelle le presento a Spirou, mi mejor amigo y compañero de piso y trabajo… Spirou, ésta es Michelle.
- Un placer conocerle al fin, Sr. Spirou – sonrió Michelle estrechándole la mano.
- Lo mismo digo, euh… ¿Debo tratarle de Sr o Srta, Michelle? – preguntó mi amigo dubitativo.
- ¡Jajajajaja! ¡Es la primera vez que me lo preguntan directamente! – rió divertida – Bueno, ya que ha tenido la amabilidad de preguntarlo – respondió a la pregunta guiñándole un ojo – prefiero que me traten de Srta, gracias. ¿Ha estado en contacto con transexuales antes?
- La verdad – confesó Spirou sonrojándose un poco – es que es la primera vez que conozco a uno en persona…
- En ese caso, permítame que le felicite el doble, Sr. Spirou; pocas personas hay que se sensibilizan de nuestra situación de buenas a primeras… y es un alivio oír a alguien que no te trata con el título del sexo con el que naciste – añadió - ¡Los médicos y las enfermeras no han parado de llamarme Sr. Dèscartiers desde que entré por esa puerta! Son tan científicos que tienden a hacer más caso al cromosoma que a la persona…
- Paciencia, Srta. Michelle – la consoló mi amigo – Lo esencial por ahora es que descanse y se recupere lo antes posible… Voy a la máquina a por un café ¿Quiere que le traiga algo concreto?
- Si tiene la posibilidad de proporcionarme un cortado mínimamente decente – bromeó ella – sería muy de agradecer.
- Un cortado, entendido. ¿Y tú, Fantasio, quieres algo?
- Ah… no, no hace falta Spirou – rechacé – Ya estoy bastante nervioso…
- Como quieras – se encogió él de hombros – En fin, os dejo, volveré enseguida…
No se me escapó el guiño cómplice que Spirou me dedicó antes de salir de la habitación. Era evidente que mi amigo había usado la excusa del café para permitirme hablar a solas con Michelle. Cuando cerró la puerta tras de sí, sin embargo, al principio no supe qué decir. Fue la propia Michelle quien rompió el silencio que se había instaurado entre nosotros.
- Su amigo parece muy buena persona – comentó con una sonrisa.
- Lo es – afirmó sonriendo a mi vez – Forma parte de su naturaleza… ¡y es el mejor amigo que podría tener!
- No lo pongo en duda – convino – Y me alegro mucho de que me lo haya presentado ¡La verdad es que me cae muy bien!
- Sí, a mí también… B-bueno, es lógico, claro, si me cayera mal no sería amigo mío ¿no? ¡jajaja! – reí nervioso.
“Bravo, Fantasio, brillante discurso‿, recuerdo que pensé. Estaba quedando como un auténtico idiota y todo para no llegar a ningún lado; lo que yo quería realmente era hablar sobre lo de ayer, explicar mi actitud, porqué no acudí antes, pedirle perdón por todo lo que le había pasado… y a mí sencillamente no se me ocurría por donde empezar.
Recordé entonces lo que en una ocasión me dijo el viejo Champignac: que a veces, para disculparse como es debido, lo importante, más que pensar en lo que vayas a decir, es ser plenamente sincero con el otro, aún cuando creas que lo que digas no le va a gustar. Una lección, según me dijo entonces el señor Conde, que a causa de su mente tan analítica, tardó demasiado tiempo en aprender por sí mismo.
- Michelle… - dije armándome de valor – Yo… quería pedirle perdón.
- ¿Perdón? – se sorprendió - ¿Por qué?
Dudé por un instante, pero al final decidí hacerle caso al viejo y decir lo que sentía, sin pensar.
- Verá… voy a ser sincero con usted, Michelle – continué – Si no hubiera sido por Spirou, probablemente no me habría decidido a venir a visitarle. La razón es porque… me sentía culpable de todo lo que le había pasado…
- Pero Sr. Fantasio, no fue su culpa que…
- ¡No, no, por favor, déjeme continuar! – la interrumpí antes de que sus palabras me hiciera dudar de nuevo – Michelle… yo estaba en aquella calle mucho antes.
Ella abrió los ojos como platos al oír aquello, sorprendida por aquella revelación. A la vista estaba que hasta ahora no se había dado cuenta de que había estado allí todo el tiempo.
- Llegué antes de la hora al lugar – proseguí – pero en el último momento, me entró el pánico y no me atreví a aparecer. En lugar de eso me quedé escondido sin siquiera osar asomarme ¡Incluso llegué a plantearme seriamente dar la vuelta y no acudir a la cita!
La miré, esperando ver alguna mirada de desaprobación u oír algún reproche por su parte. En cambio, Michelle permanecía en un respetuoso silencio, mirándome con suma atención y cierto aire de curiosidad, como si con aquella mirada me incitara a seguir. Y así lo hice.
- Ayer no dejé de pensar… que si hubiera llegado antes, quizás esos hombres de negro no le habrían intentado matar y usted no estaría ahora en este hospital, con un pulmón menos y soportando este ambiente tan deprimente. No sabía ni qué decirle, ni como mirarle a la cara, porque en el fondo sabía que no tenía excusa… Me avergüenza admitirlo, pero fui un cobarde y me odio por ello. De hecho, si ahora mismo me odiara, la verdad, no le culparía en absoluto…
Esperé a que dijera algo; ella por su parte permaneció aún un buen rato mirándome fijamente, como si quisiera sopesar lo que fuera a hacer a continuación. Yo estaba a punto de coger la puerta y largarme cuando finalmente me dijo:
- Antes ha dicho usted que le entró el pánico… ¿Puedo saber porqué?
- No… no lo sé…
- ¿Tenía miedo… de mí, tal vez? – preguntó a continuación.
Sorprendido por su aparente facilidad para leer en mis pensamientos, no respondí de inmediato.
- … sí… O más bien de lo que quisiera usted de mí – confesé finalmente.
Ella asintió en señal de aceptación y bajó la cabeza. Yo desvié la mirada, convencido de que ya no querría dirigirme la palabra.
- Debe pensar que soy una persona horrible… - murmuré más para mí mismo que para ella.
- No – dijo de pronto y me di cuenta de que exhibía una sonrisa serena – Sólo pienso que es usted humano. No sería el primer ni el último hombre hetero que pensara que todos los transexuales queremos de ellos algo más que una simple conversación… culpa de las pelis porno tan malas que circulan por ahí. A ver si lo adivino: llegó a pensar que quería sodomizarle, ¿verdad?
No, lo cierto es que no me había planteado esa posibilidad, aunque la idea tampoco me resultaba agradable. Ella debió de interpretar mi elocuente carraspeo nervioso como una respuesta afirmativa, porque rió por lo bajo.
- Y en cualquier caso – añadió mientras cogía el bolso que tenía en la mesita de noche de al lado y lo registraba – jamás olvidaré que fue usted quien avisó a la ambulancia… y que gracias a ello me salvó la vida. De hecho, de haber llegado usted a la hora, esos tipos me habrían encontrado tarde o temprano y dejado morir como un perro en algún callejón apartado, donde nadie pudiera venir en mi ayuda… ¡Así que considero su “retraso‿ como un regalo de la providencia!
Sentí un profundo alivio al oír aquello último, como si me hubiese quitado un peso de encima. Y en cierto sentido así era: el saber que Michelle no sólo no me guardaba rencor sino que además me estaba infinitamente agradecida constituía para mí algo muy importante.
- Aún así – pensé en voz alta – ojalá pudiera hacer algo para compensarla…
- Hay una cosa que puede hacer por mí.
- ¿Cuál?
Mi sorpresa fue mayúscula al levantar la mirada y ver a Michelle con un cigarrillo en los labios y señalándolo.
- Deme fuego. – fue su única petición.
Mi estupor aumentó de tal modo que al verme de esa guisa añadió a modo de justificación:
- Ya, lo sé, no debería fumar ahora que tengo un solo pulmón, y menos dentro del hospital, tendría que dejar de una vez el vicio, cuidarme más, etcétera, etcétera… Pero ¿sabe qué le digo Sr. Fantasio? Que es mi pulmón y que hago con él lo que me da la santísima gana. Si hubiera otro paciente a mi lado, me aguantaría por respeto, pero no es el caso – miré a la otra cama y constaté que así era - ¡Y además, me importa un bledo lo que me digan esos médicos de pacotilla! – añadió de mal humor - ¡Si ellos se empeñan en llamarme “Señor‿ aunque les rectifique una y mil veces, yo me empeñaré en llenar mi único pulmón de nicotina! ¡Vamos, hombre…!
Sonreí, divertido por aquella rabieta por su parte. No aprobaba del todo aquella actitud, pero a fin de cuentas ¿quién era yo para reprocharle nada? En cierto sentido, como fumador empedernido la comprendía y por otra parte, por temeraria que resultara su decisión, estaba en su derecho a fin de cuentas. Así que accediendo a su capricho, saqué mi mechero y encendí su cigarrillo. Y ya que estaba, saqué mi pipa y la encendí también. ‘Para que no tenga que delinquir en solitario’ expliqué ante su mirada interrogativa. Y ella rió como no la había visto en mi vida, una risa, lo reconozco, bonita incluso para tratarse de un hombre…
Y justo en ese momento, volvió Spirou con los cafés.
- ¡Pero bueno, Fantasio! – me riñó mirándome con clara desaprobación - ¡Fumando en un hospital, debería darte vergüenza! ¿Y usted también, Michelle? ¿No le han dicho los médicos que debe cuidarse?
- ¡No es culpa mía! – alzó las manos en gesto inocente - ¡Él me convenció! – me acusó a continuación con cara de no haber roto un plato.
- ¡¡Eh!! – protesté, pero al verla reírse de nuevo, no sólo no pude enfadarme con ella sino que su risa acabó por contagiarme.
Spirou debió pensar que nos habíamos vuelto locos al ver carcajeándonos al unísono, porque suspiró resignado y dejó los cafés sobre la mesita de noche hasta que se nos pasó el absceso de risa.
Después, seguimos hablando de muchas cosas, suyas nuestras, del trabajo y la casa, de nuestras aventuras (que a menudo eran consecuencia directa de nuestro trabajo) de las penurias para llegar a fin de mes y los problemas del tratamiento hormonal (en el que Michelle era toda una erudita, por experiencia propia) Cuando llegó la enfermera al cabo de un tiempo (que podían haber sido horas o minutos) y nos echó de la habitación para poder hacer su trabajo, nos despedimos con la promesa de volver al día siguiente.
- ¿Te das cuenta – comentó Spirou de pronto, mientras salíamos del ascensor que nos había bajado hasta la planta baja – de que se nos ha olvidado por completo preguntarle acerca de lo de los documentos?
- Vaya es verdad… - caí en la cuenta mientras recorríamos el pasillo hacia la salida - ¿crees que deberíamos volver arriba y…?
- No, tal vez sea mejor así – razonó mi amigo – Después de todo, lo mejor es que descanse lo que pueda y desconecte de todo…
- Tienes razón – convine – ¡Bastantes problemas tiene ya como para que se lo recordemos!
Ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta de que unos metros más adelante la secretaria, limándose las uñas como parecía ser su costumbre, había señalado en nuestra dirección a dos hombres. Así, lógico fue que me sorprendiera que uno de ellos me abordara. Se trataba de una pareja extraña: uno era bastante más alto que yo, llevaba chaqueta de pana color marrón claro con pantalones del mismo material y un tono más oscuro y con el pelo color pajizo, peinado hacia atrás con gomina. El otro era diametralmente opuesto; bajo, algo rechoncho, medio calvo, con traje azul de aspecto descuidado y cara de perro veterano. Éste último fue el que me dirigió la palabra.
- ¿El Sr. Fantasio?
- Sí… sí, soy yo – respondí con una mezcla de sorpresa y recelo - ¿y usted es…?
- Inspector Bichois – respondió enseñándome su placa – Investigo el caso del transexual al que agredieron anoche. Y usted debe acompañarnos a comisaría para un interrogatorio.
(*) El Centre hospitalaire François Rabelais como se llama en el original, existe realmente; se trata de un hospital de Bruselas que hay cerca del parlamento, entre las calles Rue des Alexiens y Rue d'Accolay. La calle Abatétriers existe también, pero como ya dije en el capítulo anterior, cualquier parecido con la real es pura coincidencia :P

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