Margaret Eloyse Flanner dirigía sus pasos hacia el aula 13.a de la facultad de química de la Universidad Libre de Bruselas*. Su llegada hacia unas semanas a la capital belga desde su Londres natal había sido de todo menos tranquila. Sus limitadas nociones de francés (y no digamos ya sus nulos conocimientos de holandés) y el desconocimiento de la ciudad, le habían costado un día entero de patearse toda Bruselas para encontrar un alojamiento temporal al alcance de su bolsillo… y es que la beca que había obtenido para estudiar su segundo curso de carrera en Bélgica ayudaba, pero no tanto como para permitirse una vivienda de lujo. Luego, los horarios del transporte público, que se hicieron casi incompatibles con el horario lectivo de las clases, le costó el pasar por la vergüenza de tener que disculparse al profesor de la asignatura que tenía a primera hora por llegar tarde. Por si todo eso no fuera suficiente, no acababa de llevarse bien con sus compañeros; en parte porque éstos recelaban de ella, en parte por su educación londinense, que la hacían tratar a sus camaradas con una corrección tal que no permitía forjar una relación más íntima con ellos. Aunque por otra parte, tampoco le importaba demasiado relacionarse con aquella pandilla de vividores irresponsables que se pasaban los días de fiesta universitaria en fiesta universitaria en vez de estudiar como era debido...

Al estrés forjado de su difícil situación, se añadía su nerviosismo por la primera clase de la optativa que se había cogido para aquel semestre. Una asignatura con un título verdaderamente curioso (“Aplicaciones de los recursos naturales en la química industrial‿) pero que era considerada en la facultad como una asignatura maldita… cosa que sus compañeros no se molestaron en advertirle hasta que su solicitud de matrícula había sido rellenada, firmada y sellada. Por boca de uno de los alumnos veteranos, supo que aquella asignatura era aburridísima y totalmente inútil y que desde su creación, hará unos cinco años, no había logrado poder llegar al cupo obligatorio de diez estudiantes por curso lectivo. La asignatura no sólo era considerada maldita por los alumnos, sino también por el profesorado, razón por la cual pasaba de mano en mano como la falsa moneda, sin que ninguno de ellos accediera a quedársela por tiempo indefinido. Y el hecho de que se impartiera en el aula que llevaba el número de la mala suerte, no ayudaba a desmentir esos rumores…

Alzó la mirada del suelo cuando se hallaba a tan sólo unos metros de la puerta, alertada por un estruendo que venía del otro lado del pasillo. Sus ojos verdes se fijaron en un muchacho de pelo negro y desordenado, nariz larga que destacaba sobre su rostro y vestido con un traje de color azul grisáceo, viejo arrugado y con la corbata medio deshecha, que maldecía abiertamente a su cartera, que se había abierto en medio del pasillo desparramando todo su contenido. Miss Flanner arrugó un poco la nariz, escandalizada al principio por la total desidia del joven con respecto a su aspecto, para luego dirigirse sin más hacia la puerta del aula, decidiendo ignorar como solía hacer a aquel camarada que no era digno de su atención.

Sin embargo, no bien había apenas tocado el pomo de la puerta que oyó un nuevo estruendo de trastos cayendo al suelo, acompañados de su correspondiente ración de improperios por parte del joven. Aquello puso de los nervios a la habitualmente tranquila Miss y, temiendo una nueva repetición del incidente, decidió dejar de ignorarle y ayudar al desgraciado. Éste se encontraba a cuatro patas en el suelo del pasillo, tratando de recuperar todos sus efectos para depositarlos de manera apelotonada en el interior de la cartera. Se agachó discretamente y cogió unos pocos papeles de los tantos que había desperdigados por ahí, los reunió y los ordenó con sumo cuidado, para luego alargárselos a su propietario, quien pareció sorprenderse sobremanera cuando la vió delante suyo; lógicamente, pensó Miss Flanner, tan enfrascado estaba en su tarea que no había reparado en ella hasta ese mismo instante.

- Gr-gracias… - musitó el joven con timidez, cogiendo los papeles que ella le tendía.
- No me las dé. – replicó ella levantándose con dignidad – Lo que sea con tal de no volver a oír semejantes obscenidades de su boca!
- Lo… lo siento mucho – murmuró el otro en respuesta, rojo de vergüenza.
- … It’s okay. – le tranquilizó ella en su lengua materna; después de todo, sus disculpas parecían sinceras. – Sólo procure contenerse la próxima vez…
- S-sí, lo haré, se lo prometo, señorita… euh…
- Miss. – corrigió ella tendiéndole la mano – Llámeme Miss Flanner.
- Encantado, Miss. – correspondió él estrechando la mano que le tendía – Y… le ruego de nuevo que me perdone… ¡pero es que esta condenada cartera se me abre cada dos por tres y…! ¡Oh! P-perdone, no quería…
- En ese caso – sugirió ella sin perder la compostura – le sugiero que se compre otra… una que no tenga el seguro roto – añadió al echar un vistazo al objeto que había provocado el incidente – Y puesto que no requiera ya mi ayuda, me despido… Buenos días.

Miss Flanner se dio la vuelta, regresando frente a la puerta del aula 13.a… y en el mismo momento en que giró el pomo de la puerta, de nuevo, se vio interrumpida, esta vez tras advertir la presencia de alguien a su espalda. Giró la cabeza y se encontró cara a cara con el joven de antes, que permanecía parado frente a ella sin moverse un ápice. Miss Flanner le miró de arriba abajo con evidente disgusto, mientras que el otro la miraba de manera inocente.

- Me permite recordarle, young man – dijo ella con un ligero tono de reproche – que ya puede continuar su camino…
- Es que… justamente, mi camino coincide con el suyo. – se explicó el joven con una sonrisa tímida.
- ¿Usted también está matriculado en “Aplicaciones de los recursos naturales en la química industrial‿? – interrogó ella genuinamente sorprendida.
- No recordaba que tuviera un nombre tan largo… - admitió él – pero sí, así es, en efecto.

Holly Jesus, lo que le faltaba; un impresentable como compañero de clase. De nuevo, Miss Flanner no pudo evitar arrugar la nariz con disgusto.

- Bien, pues... ya que parece que vamos a tener que convivir a lo largo del próximo semestre, lo educado sería que se presentara, por lo menos… - dijo ella al cabo de un rato.
- ¡Ah, es cierto! – cayó en la cuenta él, rascándose la nuca – Yo soy Zorglub.
- ¿Zorglub? ¿Es un apodo? – preguntó extrañada.
- No, señorita, ése es mi verdadero nombre. – aclaró - ¿Y bien? ¿Qué piensa?

¿Le decía lo que realmente pensaba de aquel nombre, horrible a su juicio, o era mejor decirle una mentirijilla piadosa? Miss Flanner optó por lo segundo.

- Es… ciertamente un nombre original… - dijo arqueando la ceja.
- ¿Verdad que sí? - declaró él henchido de orgullo – ¡No hay dos que se llamen igual! Por eso me gusta – añadió – Es un nombre tan único en el mundo como yo.

Impresentable, torpe y encima vanidoso… Miss Flanner tenía cada vez más claro que no querría relacionarse con semejante individuo, pero prefirió no decir nada. No era cuestión de crearse un enemigo más tan temprano…

Al abrir finalmente las puertas, la joven se encontró con un aula circular, con varias filas de bancos a distintos niveles de altura, formando un semicírculo alrededor del estrado donde se hallaba la mesa del profesor (de forma similar a un teatro romano) y totalmente vacía. Vacía e inusualmente grande, para lo que era una asignatura con tan pocos matriculados, observó. A su lado, Zorglub soltó un silbido de admiración.

- Caramba, a esto lo llamo yo vacío absoluto – bromeó. Miss Flanner no hizo ningún comentario – Miss ¿adónde va? – preguntó él al verla descender las escaleras.
- Ya que hay donde elegir, preferiría sentarme en primera fila. – respondió ésta simplemente.
- Bah, como quiera, yo me quedo aquí. - concluyó Zorglub sentándose en uno de los asientos de la última fila de bancos - Desde mi asiento se puede ver y controlar todo el panorama… - presumió él.
- Personalmente, siempre me he decantado por el lado práctico, Mister Zorglub. – sonrió volviéndose hacia él – Después de todo, cuanto más cerca se está del profesor, más fácil es oír y seguir su explicación…

Aquella sonrisa, enigmática y segura de sí misma, bastante en consonancia con la personalidad de la joven, dejó a un Zorglub dubitativo. Siempre le había gustado sentarse en las últimas filas, precisamente porque le gustaba aquella sensación de dominancia del terreno, de estar por encima de sus compañeros… pero después de todo, los argumentos de Miss Flanner no dejaban de ser convincentes. Además, aparte de la joven no había nadie más en la sala y estando ella tan lejos, la cima se le antojaba solitaria y vacía…

Con un gruñido fastidiado (Zorglub no gustaba demasiado de cambiar sus costumbres, por nada ni por nadie) el joven cogió sus bártulos y los trajo consigo hacia la segunda fila, justo en el asiento que quedaba detrás de Miss Flanner. En el rostro de la inglesa, que lo miraba divertida, se dibujó una sonrisa burlona.

- Creía que le gustaba contemplar el panorama… - ironizó.
- Sí, en fin… no tiene sentido contemplar el panorama, estando éste tan vacío… - se limitó a responder él con suficiencia, lo que provocó en su compañera una sonrisa más acentuada acompañado de una débil risita.

Súbitamente las puertas volvieron a abrirse y un tercer personaje entró en el hemiciclo. Era otro joven varón, de cabellos inusialmente blancos (sí, blancos y no canos, como ella creyó en un principio), rostro alargado, nariz aguileña y semblante alegre. El traje de pana que llevaba puesto parecía recién planchado y Miss Flanner se alegró secretamente de que al menos uno de sus compañeros se molestara en cuidar mínimamente su imagen…

- ¡Vaya, parece que esta vez somos más que el año pasado! – comentó con alegría el recién llegado, bajando las escaleras rítmicamente y de dos en dos – Eso está bien, por lo menos tendremos algo de conversación. Me presento: Pacôme Hégesippe Adèlard Ladislas de Champignac – dijo inclinándose respetuosamente hacia ambos - … me basta con que me llaméis Pacôme, asecas.
- Miss Margaret E. Flanner. – se prensetó en respuesta la joven inglesa extendiendo su mano hacia él – A pleasure to meet you, Pacôme.
- El gusto es mío, Miss. – correspondió él al gesto cogiéndole gentilmente de la mano para besársela, cosa que la azoró y encantó. Se notaba que era todo un caballero – Oh, disculpe amigo mío, pero aún no tengo el gusto de saber su nombre… - añadió reparando en Zorglub. Éste se levantó inmediatamente de su asiento y carraspeó tratando de parecer lo más digno posible al presentarse.
- Mi nombre es Zorglub. – dijo estrechando la mano que el otro joven le tendía – Presiento que vamos a ser buenos compañeros, Pacôme.
- ¡Ah, compañeros! – sonrió ampliamente el del pelo blanco - ¡Me gusta su actitud, querido Zorglub, me gusta mucho! Después de todo, eso es lo que busco en mi clase, un ambiente de total camaradería. En fin – concluyó bajando directamente hacia el estrado y dejando su cartera encima de la mesa del profesor, para sorpresa de los dos estudiantes – creo que ya podemos empezar…
- But… - objetó Miss Flanner, mirando interrogativamente a Zorglub, quien también parecía confuso ante la actitud de Pacôme – temo que eso es imposible, el profesor aún no ha llegado…


Pacôme se giró y les miró alternativamente a los dos con la ceja enarcada, visiblemente sorprendido. Luego pareció meditar sobre algo durante unos segundos, hasta que de pronto, abrió los ojos, como dándose cuenta de lo que pasaba y se golpeó la frente, exclamando:

- ¡Sabre de bois, cómo puedo ser tan despistado! No os lo he dicho, ¿verdad? – les preguntó con cara de estar muy avergonzado por su error.
- ¿Decirnos qué? – interrogó Zorglub cada vez más confundido.
- Pues que… - respondió Pacôme sacando un libre de texto de su cartera – yo soy el profesor.

Un silencio sepulcral se instaló en los minutos siguientes, durante los cuales los ojos de Zorglub se abrieron inconmensurablemente, mientras que la boca de Miss Flanner formó un perfecto óvalo.

- ¡¿QUÉ?! – exclamó el primero tras recuperarse del shock - ¡Pe-pe-pe-pero cuántos años tienes?!
- Veintiocho.
- ¡¿TAN POCOS?! – exclamaron Miss y Zorglub al unísono.
- Sí… ¿porqué, cuantos tienen ustedes? – quiso saber Pacôme.
- Diecinueve. – respondieron los dos de nuevo al unísono, para segundos después mirarse ambos mutuamente con sorpresa.
- ¡Caramba, qué hermosa coincidencia! – rió alegremente el profesor - ¿Ven? ¡Ya tienen ustedes una cosa en común! – Miss Flanner arrugó por tercera vez en aquella tarde la nariz; no estaba muy segura de que quisiera tener algo en común con su estrambótico compañero y aún menos segura estaba de que un profesor tan joven pudiera enseñarle algo de provecho – Bien pues… ¿empezamos ya?






(*) Realmente no es una facultad, sino un departamento de química, situado en el campus de Solboch… o al menos así es en la actualidad… pero como estamos hablando de 1954 (sí, la historia de éste fic se sitúa en ese año ^_^) y no tengo información suficiente para saber si entonces también era así o no, me permitiré esta pequeña licencia. Prometo corregirlo en tanto que alguien me aclare esta cuestión ^^